Lobeznos

Por Bizco Pardal

 28 de marzo. «La cuestión que suscita Ignacio de Mágina en su carta de hoy es apasionante. Se trata de nada más y nada menos que definir cómo es la derecha que se ha instalado en el sistema político español, cuáles son sus raíces, sus fuentes de donde bebe, los grupos sociales que alimentan su estructura partidaria, en definitiva, el hábitat social en donde han crecido esos Fernández y Hernández o esa Cayetana y sus muñecos a los que alude Ignacio». Son las palabras iniciales de Robert Deglané en su carta de ayer, una forma de coger carrerilla. A mí también me gustaría que alguien entrara en el detalle hincándole el diente. De momento –gracias por vuestra indirecta recomendación—procuraré encargar la obra de Gil Pacharromán. Ahora estoy en plena danza con dos libros: el último de Piketty, que leo pausadamente y el reciente de Enric Juliana. M,  el hijo del siglo, la novela  de Antonio Scurati está en su garita esperando que le llegue la hora. Todo se andará: la cuarentena va para largo.

Cuando Deglané nos habla «de la derecha que se ha instalado en el sistema político español» sería conveniente, al menos para mi paladar, saber si nos estamos refiriendo al grupo dirigente central o, como sospecho, al conjunto de los grupos dirigentes territoriales. Aunque, de momento, yo me conformaría con un estudio pormenorizado del grupo dirigente del latifundio de la derecha, esto es, del Partido Popular. Lo digo por dos razones, que no sé si compartís: a) Casado y sus acompañantes representan una cesura del partido, b) no sería descabellado estimar que su manera de hacer política ha venido, como suele decirse, para quedarse. Primero, las referencias de la estrecha vinculación de Casado con José María Aznar es cosa que debe aclararse. El nexo de Casado con Aznar no es exactamente con el que fuera gobernante, sino con el del atolondramiento progresivo del hombre que fuera ninguneado y probablemente vejado por el enjambre de moscones que rodeó a Rajoy. Segundo, estos lobeznos del grupo dirigente central son, por lo tanto, una cesura con el PP con funciones de gobierno. Y no sólo porque estén en la oposición. A nadie le costará trabajo admitir que esta cesura es una consecuencia del fantasma que recorre el vecindario global que, por comodidad, llamamos populismo con varios adjetivos. O, por mejor decir, los populismos. De los que, dicho entre nosotros, se tendría que ir avanzando, uno por uno, en su caracterización. No sea que se metan todos en el mismo saco como hemos hecho con los fascismos que han sido.

Deglané hace un detallado recorrido por el siglo XIX. Me parece útil. Pero –¡ay, siempre ese pijotero pero!–  me gustaría proponer un matiz. No creo que nos sirva de mucho, para estos menesteres,  el siglo XIX: los partidos de la derecha eran partidos de casino frente algunos movimientos que eran de masas, como por ejemplo los famosos jamancios. Es con la CEDA y la Falange cuando la derecha cambia la forma partido y se transforman en partidos de masas. Aceptaré los coscorrones que sean de rigor por parte de esa cofradía tan admirablemente pendenciera por los disparates que haya dicho. En cambio, la aparición del PSOE se orienta a ser un partido de masas. Tengo en mi biblioteca un librito con una conferencia de Ortega y Gasset en la Casa del Pueblo de Alcalá de Henares donde realza «la   modernidad del PSOE». Me da rabia no encontrarlo. La modernidad que, según Ortega, no estaba sólo por su ideario sino por la forma—partido y el intento de involucrar a grandes masas en la política. Que parece enclaustrada en cada país y, otros, en su propio campanario.

En todo caso, la derecha española sensu lato comparte con la izquierda la desubicación del vecindario global. La forma de abordar esta crisis global por parte de los gobiernos parece, con perdón, can Pixa. Como dice un viejo refrán catalán: cada terra fa sa guerra. 

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