Trabajo y suspense

Por Ignacio de Mágina

26 de marzo. Durante este tiempo de confinamiento colectivo la sociedad española y antes la italiana -se irán o ya están sumándose otras…- se ha adentrado en un desierto interior. Un paisaje desconocido hasta ahora para la mayoría. Caso aparte es la experiencia del confinamiento social vivido por las personas en reclusión, en un país como el nuestro que tiene la segunda tasa de encarcelamiento más alta de Europa, con una tasa de delitos inferior al promedio europeo; aunque este asunto será materia de reflexión en una próxima misiva.

Ahora lo que quisiera plantear es que la súbita presencia de una pandemia nos ha llevado directamente a una dimensión muy próxima al suspense. Entre otros muchos parecidos con este género literario y cinematográfico, uno puede encontrar que la situación por la que atravesamos tiene mucho de los ingredientes que manejó como pocos el maestro Hitchcock. Digo esto porque en el corazón del género hay un secreto envuelto en una trama de misterio, pero el espectador ignora la solución que puede tener, de ahí el “suspense”. Se presenta un crimen, por tanto una víctima y un verdugo, que dará pie a una coreografía de personajes, momentos, detalles y de pistas que nos introducen en una especie de laberinto. (Acaso también estemos en algo parecido a un laberinto, tal vez conectado con el laberinto del Minotauro del que habló hace algunos años el economista, que no político, Yanis Varoufakis, una estrella fugaz en el firmamento griego y europeo).

Pero para no perder el hilo. Os recuerdo que uno de los diálogos, entre muchos otros, que ha circulado en las redes durante estos días de “aislamiento social” es el siguiente:

–        Johnny, hay que ponerse a trabajar.

–        ¿Quieres decir ponerse la ropa vieja y coger una pala?

Este diálogo corresponde a la película Sospecha de Alfred Hitchcock (1941), interpretada por dos jóvenes, soberbios actores, Cary Grant y la Joan Fontaine -con el que la actriz británica obtuvo el Oscar a la Mejor Actriz. La sinopsis de este film que uno puede encontrar en Internet es reveladora: “Un atractivo vividor coincide en el tren con una joven ingenua que acabará pagándole el billete”.  El oportunista galán vive del trabajo de los otros.

Y de repente…, aparece el trabajo. La fuerza del trabajo y su valor social constituyen el giro final de esta película de suspense que estamos viviendo. Hoy los aplausos desde los balcones son un gesto de reconocimiento público a los sanitarios y, poco a poco, por extensión a otros sectores del mundo del trabajo (comercios, limpieza, transportes, atención social, etc.). Los aplausos son también un gesto solidaridad, de tratar de construir comunidad -anoche oí cómo un vecino desde su balcón le decía a otro educadamente buenas noches…, pero esa buenas noches de antes de irse a dormir, no de simple intercambio de formalidades.

Los aplausos colectivos son la expresión de descubrimientos Ahora caemos en que los miradores de nuestras viviendas no están sólo para el mirón, como en aquella magistral obra del mago del suspense titulada “La ventana indiscreta” (1954). Pero también esta novedosa acción colectiva que mantiene la ciudadanía a lo largo de los últimos 14 días son la expresión de redescubrimientos que no dejan de constituir una sorpresa: la existencia y el papel del trabajo como vínculo social, dañado pero persistente en el tiempo; tal y como los amigos Pere Jodar y Jordi Guiu confirmaban con rigor hace poco en su libro “Parados en movimientos”. Ahora, de repente, la sociedad, con los ojos como platos, toma conciencia de que la ciudadanía es ciudadanía que mayoritariamente se dedica en su actividad diaria y cotidiana a trabajar.

Uno puede pensar que estamos dentro de una película de suspense, pero lo que se ha revelado también es que antes de la pandemia global la mejor definición se correspondía con el género del suspenso. Por eso os sugiero: ¿hablamos mañana de la vuelta del trabajo que había salido por la ventana y entra de nuevo por la puerta?

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