El niño de Teresa

Por Robert Deglané

26 de marzo. «Las natillas endulzan y el suavizante suaviza, igual que la frivolidad cuando todo es incierto y doloroso». Así escribe Sergi Pàmies hoy en La Vanguardia. Y, por cierto, me llega en este momento la entrada de Bizco donde cita también al hijo del Gregorio y la Teresa. ¿Coincidencias estelares? El de Pàmies es un artículo que se titula Contingentes y mortales y que os recomiendo vivamente –seguro que ya lo habéis leído por vuestra cuenta– no porque sea de una gran trascendencia, o de una potente metafísica; todo lo contrario. Es una pieza sobre suavizantes de lavadora y la importancia de mantener inalterables nuestras dependencias de las cosas, de algunos hábitos rutinarios. Pero es un artículo de primera.

Sergi Pàmies es de la escuela iconoclasta, de los que les gusta romper las copas en la mesa y tirar los platos al suelo. Nacer de quienes nació y vivir con esa estela tu propia vida es una tarea cuando menos compleja y exige que orientes tu vida por las sendas del distanciamiento. Es esa actitud la que hace que lea al Pàmies casi a diario; es de los pocos columnistas a quien sigo con cierta veneración y, más importante aún, con cachondeo. Sobre todo, cuando habla con ese distanciamiento crítico e inteligente de su Barça del alma.

Pàmies ha escrito un libro de relatos breves, titulado El arte de llevar gabardina donde se concentran momentos específicos de vida y de humor. En especial el cuento que precisamente se titula así, el de la gabardina, donde se construye una ficción a partir de un trío de personajes que forman parte ya de la mejor historia contemporánea de España: Gregorio López Raimundo, Teresa Pàmies y Jorge Semprún. Las relaciones de un crío catalán, en un entorno familiar de exiliados políticos en París en los años sesenta –y no cualesquiera exiliados– y su regreso a una Barcelona predemocrática en la que tiene que vivir con la sensación de no ver a su padre cada día y de tener que construirse una vida normalizada en una célula familiar nada normal.

A partir de la sorprendente comparación entre el suavizante Mimosín y la magdalena de Proust, nuestro articulista catalán levanta un homenaje a la importancia de nuestras rutinas y costumbres intrascendentes pero que, cuando carecemos de ellas, se nos convierten en objeto de los deseos más impetuosos. A mí me pasa con varios constituyentes de mi despensa particular. Entre los más necesarios, el café. Si me fallara el café saldría como loco a la tienda de Cristóbal, el desavío del pueblo donde paso la cuarentena, y me traería todo el café que tuviera. Aunque no fuera Nespresso. La cuestión es sobrevivir.

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