Un libro

Por Robert Deglané

Viernes 20 de marzo

Ayer me trajeron el libro recién salido de imprenta que ha escrito Enric Juliana, y al que se refiere el Bizco en su primera carta de esta correspondencia: Aquí no hem vingut a estudiar. El Cónsul de Pineda de Marx pretendió ayer mismo avasallarme mandándome un guasap diciendo que ya tenía el ejemplar en su casa…sin saber que el repartidor de CTT Express ya estaba en mi calle buscando el número para entregarme el mío. ¿Pensaría el hombre del Maresme que por el Sur no leemos catalán o no tenemos sistemas de reparto? Lógicamente, le envié inmediatamente foto del libro en mi poder y que acompaña a esta carta como prueba. Por la tarde me puse a leerlo y creo que su lectura me tiene enganchado; son experiencias y personajes que muestran un lado poco usual de la vida. Ya tendremos tiempo –un tiempo largo y confinado– de comentar el texto de Juliana.

Ahora os quiero comentar la mala conciencia que me entró al recibir el libro mediante mensajero. ¿Por qué obligamos a compañías como estas de reparto a domicilio a traernos una cosa tan poco esencial como un libro en estos momentos de angustia y zozobra? ¿No expongo yo al repartidor, y a mí mismo, a atrapar el puñetero virus por ese gesto culturalmente elitista de hacer que me traigan el libro a casa un día como el de ayer?

Voy a explicar la cadena de circunstancias que rodearon a este hecho de entregar un paquete en casa, porque seguramente explica algo de las muchas cosas que nos están pasando en este periodo donde saltan todas las seguridades y rutinas.

Lo primero que conviene aclarar de por qué pedí el libro por reparto a domicilio es que el libro, escrito en catalán, jamás lo voy a tener en Andalucía en los escaparates de las librerías. ¡Aquí las cosas en catalán son cosas raras y del extranjero! Se imponía, por tanto, encargarlo –no digo a cuál librería pero no fue Amazon, que conste– a un librero que estaba seguro de que lo tenía y que además me lo enviaba por mensajero. Seguidamente debo explicar que el libro lo encargué hace ya más de quince días cuando me llegó la noticia de que iba a salir el 18 de marzo. Días antes, por tanto, de que se declarase el estado de alarma y de que, incluso, tuviéramos sospecha de cómo íbamos a estar hoy. El librero me aseguraba que lo tendría “en cuanto saliera”, es decir el 19 de marzo. La sorpresa fue cuando el 16 de marzo vi que el banco me cargaba un libro. Comencé a alarmarme cuando sospeché que, pagado el libro, este llegaría –no sé cómo– en pleno confinamiento y alarma.

Y así fue: ayer, día 19, el repartidor me llamó por teléfono y me dijo que si estaba en casa. Confirmé y, al sonar el telefonillo, tuve que asomarme a la calle porque él no podía entrar en la vivienda por razones de seguridad. Llevaba puestos unos guantes sanitarios pero ninguna máscara. Y aquí comienza la odisea del ciudadano puntilloso que, siguiendo los protocolos de sanidad, se pone guantes, recibe con la mirada al repartidor a dos metros, abre el cartón del paquetito con mucho cuidado, introduce el cartón desechado en una bolsa de basura y, esto es lo mejor, reparte una sustancia desinfectante por todo el libro de Enric Juliana.

Luego, algo más sereno, me subí al piso y, ya sin guantes, abrí el libro y comencé a leerlo. Mi sorpresa fue que aquel líquido desinfectante había pasado por encima de personajes como Ramón Ormazábal, Santiago Carrillo, Dolores, Manuel Moreno Mauricio y algunos más. Habría desinfectado las páginas de papel pero los personajes y la cárcel de Burgos seguían allí. La pandemia comunista se resistía.

Dos conclusiones saco de todo esto. Una, que los repartidores precarios o subcontratados siguen funcionando y repartiendo nuestros deseos. Y la segunda, que lo que no pudo aniquilar la cárcel de Burgos lo pudieron hacer los propios protagonistas del relato de Juliana. Es una opinión, evidentemente, sin prueba ninguna.

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