Mi confinamiento

Por Bizco Pardal

Viernes 20 de marzo

Pineda de Marx cerrada a cal y canto. Esta es una mañana espléndida. Le he pagado a mi quiosquera una semana de los dos periódicos que compro por adelantado. De esta manera –hemos convenido— la relación con la mugre de los billetes es menor. Son precauciones. El bar donde comimos, queridos Javieres, «los mejores calamares a la romana» está cerrado, dándole a la avenida un extraño ambiente.

Os sorprenderá lo que voy a deciros: mi confinamiento no se traduce en ningún tipo de agobio, al menos por ahora. En realidad hago casi la misma vida que en tiempos normales. Leo y escribo la mayor parte del tiempo. Mi única novedad es participar recluido en una acción colectiva –de masas, que decíamos en mis buenos tiempos -aplaudiendo a nuestros formidables profesionales de la sanidad desde la puerta de la calle. Aplaudimos a rabiar mi mujer y yo.

Solamente he tenido un incidente: esta mañana de vuelta a casa me ha abordado un matrimonio de gente mayor (unos setentones) que me han dado la impresión de ser ingleses. Iban abrazados, como dos tortolitos, con sus barras de pan, esas que en la Vega de Granada llamamos teleras. Me han abordado sin previo saludo. No sé qué me han preguntado. Por señas les he hecho ver que no podían ir por la calle abrazados y que es imprudente salir dos personas. Me han mirado como si yo fuera un cagueta. Muy farrucos, ellos, se han abrazado más y se han dado un beso. Igualicos, igualicos que ese su Boris pelopaja.

Ayer pensaba en los relatos que me contaba una vecina, allá en Santa Fe. Se llamaba Conchica la Guitarra. Una ancianísima que había vivido la epidemia del cólera a finales del siglo XIX. Me explicaba que los gordos –o sea, los ricos— huyeron del pueblo. El primero fue don José Carrillo de Albornoz, llamado por los convecinos don José Bicicleta. Se fue, él sólo, a París. Cuando la peste aquella alguien recomendó que se hirviera la carne antes de ponerla en la parrilla. Recuerdo que siempre, de niño chico, comí la carne hervida, setenta años después de la epidemia. Pues bien, hace treinta años estuvimos Roser y yo en Santa Fe. Mi prima Carmela nos invitó a comer. Entro en la cocina y veo que Carmela introduce la carne en el agua hervida. Pongo cara de asombro y ella, con ojos cautelosos, me dice que «por zi lah mojcah». Fue cuando me acordé del final de Roma, città aperta. Ante el pelotón de fusilamiento el dirigente comunista le dice al sacerdote: «Ánimo, mosén, ya se van los alemanes». El sacerdote romano –dos mil años de oficio— le responde: «Vale, pero ¿y si vuelven?». Me he seleccionado mis lecturas, pero no por el confinamiento, Sino porque siempre lo hago: el último libro de Enric Juliana sobre los presos de Burgos, La invención de España (Henry Kamen) y M, del que me habéis hablado los dos de manera tan elogiosa.

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