Invierno viral

Por Ignacio de Mágina

Viernes 20 de marzo

Nos levantamos esta mañana con la llegada de una extraña primavera, en medio de la travesía de un invierno viral desconocido hasta ahora. Los hábitos del confinamiento se han instalado en nuestras vidas. Pero esta palabra ha adquirido un nuevo significado, distinto al fijado por la RAE en alguna de sus acepciones: “Pena por la que se obliga al condenado a vivir temporalmente, en libertad, en un lugar distinto al de su domicilio”. Hoy esta forma de destierro es recluirnos temporalmente en el propio domicilio, este es nuestro nuevo confín. La vivienda se convierte en fortificación que establece límites al escaso margen de movimientos del que disponemos y al que tenemos la obligación de adaptarnos por solidaridad. La persona solidaria parece estar al alza en estos momentos, después de pasar una temporada larga en el almacén de los anacronismos sociales.

Las palabras confinamiento, distanciamiento y disciplina social, medidas de prevención sanitaria, pico de números de contagio, etc. se han incorporado al lenguaje diario a través de los medios de comunicación. Al tiempo que términos como teletrabajo, ERTES, cierres empresariales, despidos, turbulencia y colapso económico, y vulnerabilidad han adquirido una nueva dimensión bien real. Los contactos a través de las redes sociales y la telefonía se han convertido en las prótesis que nos mantienen unidos, las líneas que atraviesan trincheras fijadas por una nueva forma de guerra sanitaria, se llama pandemia global.

El café es un ritual al que se dedica más tiempo, cada sorbo se saborea con la prevención de disponer de reservas mañana y evitar una salida furtiva, emparentada con formas de seres prehistóricas, para recolectar los alimentos básicos que parecen dar continuidad a un tiempo continuo desde el pasado sábado 14 de marzo de 2020. A media tarde, nos informaban de que entrábamos en un Estado de Alarma decretado por el Gobierno.

El sol se recuela avisando del cambio de estación, el cielo parece transparente, nítido, pero al mirarlo la sospecha es que anida una amenaza nueva, suspendida y silenciosa. Las calles parecen una fotografía, una instantánea fija que no se mueve desde hace ya casi una semana. De repente somos lectores o espectadores a la espera de la ruptura teatral de la “cuarta pared”, de ese muro invisible que nos separa de la “realidad”.

Nos quedan todavía atalayas para vigilar el escenario vacío o casi vacío que son las calles. Desde la ventana el cielo está límpido, casi transparente, el sol mancha los balcones vacíos que todavía retienen el hueco de las manos que anoche, como cada noche desde hace días, llenaron de aplausos 10 minutos. Inédito homenaje, descubrimiento, dedicado a las personas que se baten el cobre en los frentes de batalla hospitalarios y, al mismo tiempo, vitamina diaria con la que reforzarnos entre nosotros. Para avisar y recordarnos que seguimos estando aquí.

No sólo están cambiado hábitos y rutinas, tiempos, formas de relación a distancia, mensajes y sentimientos. Dentro de poco, sino ya, nos habrá cambiado una forma de mirarnos y de mirar las cosas, de pensar y de ver el mundo. ¿Seremos capaces de enfrentarnos al vértigo que pueden producir estos cambios? ¿Tasaremos la medida y el ritmo de lo cotidiano con nuevas balanzas? La amenaza actual que vivimos: ¿qué relación tiene con la “desigualdad peligrosa” en la que hemos vivido durante esta última década, tras la Gran Recesión de 2008? ¿Qué mundo podemos y estamos obligados a imaginar?

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