Tártaros en un desierto

En medio, o en principio, de un largo confinamiento obligado por el coronavirus, unos amigos, a los que la reflexión y la preocupación, además de otras, ya nos mantenía unidos antes, hemos pensado en lanzarnos misivas electrónicas para combatir el tedio, el aislamiento, la lejanía. La extraña soledad que nos ha embargado a 40 millones de españoles, y a muchos más millones de europeos y ciudadanos del mundo, nos anima a recomponer las relaciones y a reflexionar sobre los nuevos y difíciles retos que nos trae el Covid-19.

En una aparente fortaleza, asediada por un “enemigo invisible” que viene de un “desierto inexistente”, como los tártaros del relato de Dino Buzzati, aquí estamos esperando el final de un periodo marcado por el silencio y el apartamiento. Como Giovanni Drogo, el joven teniente destinado a la fortaleza Bastiani, en las lindes de un país que puede ser el nuestro, nos dedicamos a masticar la soledad a la que nos ha llevado esta pandemia, y nos enviamos cartas entre nosotros tratando de encontrar un poco de luz e inteligencia en este absurdo de una civilización en estado de pánico.

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