Estado y público

Por Robert Deglané

24 de marzo. Termina Ignacio de Mágina su crónica de hoy martes con un vocabulario de impacto: guerra, pandemia, revolución, Estado. No es para reírse de estas palabras. Su sola mención ocasiona movimientos telúricos entre nuestros congéneres. A algunos asustan sobremanera y a los otros los moviliza. Me refiero al caso de la revolución. Al menos, la historia de nuestro siglo XX constata la existencia de esas dos agrupaciones: la de los que mostraban pánico ante ese motor social que ha venido sacudiendo desde 1789 y la de los que ante su fonética estallaban de júbilo. La guerra y la pandemia nos unifica como género humano, por el rechazo que les tenemos, a pesar de que unos pocos locos hayan expuesto numerosas veces a los demás al riesgo de la guerra. Y Estado es concepto central en nuestra historia desde hace ya mucho tiempo. Hoy vuelve a la palestra porque nos hemos dado cuenta de que, sin Estado, a lo mejor somos más débiles. Sé que es una opinión discutible y por eso os la planteo, para que saber vuestra opinión. Y todo esto lo digo porque me quedé muy sorprendido cuando Ada Colau, desde su confinamiento particular, dijo aquello de que Pedro Sánchez se equivocó en sus primeras declaraciones hablando del reforzamiento del Estado ante esta pandemia. Ada afirmó que necesitábamos reforzar más lo público que el Estado. Luego, en un twit escribió «La conciencia, la empatía y la responsabilidad colectiva es lo que hará que ‘#EsteVirusLoParamosUnidos».

No vamos a andarnos con juegos de palabras. No termino de entender esa obsesión por distinguir «lo público» del «Estado». ¿Hay diferencias entre ellas? Sí, pero no hay contradicciones de base. Además, si en algo se ha caracterizado la lucha de la izquierda durante más de un siglo es por la democratización del Estado (Geoff Elley). La batalla de la izquierda en Europa, desde al menos finales del siglo XIX, ha sido una contienda por acercar los poderes y los instrumentos del Estado a los del común, por extraerlos del monopolio de las oligarquías y expandirlos como instrumentos de la democracia de todos. De ahí que no entienda hoy que una alcaldesa democrática (que es Estado) desfigure precisamente el valor democrático del mismo. Hoy podemos decir que una parte de las luchas históricas de la izquierda han cuajado en este Estado: el sistema sanitario es Estado, el sistema educativo es Estado, la UME que monta hospitales de campaña es Estado, el policía que combate los virus informáticos que atacan los sistemas de salud pública es Estado.

Necesitamos, sí, conciencia, empatía y responsabilidad colectiva; pero solo con eso no ganaremos al virus ni a la pandemia. Nos hacen falta vacunas, medicamentos, mascarillas, respiradores, ambulancias, trajes aislantes, camas de hospital, hospitales…, tantas cosas que solo una sociedad organizada políticamente, con un Estado eficaz, puede facilitarlas.

Si nos desligamos de este Estado que hemos venido construyendo en las últimas décadas, otros se lo apropiarán (de nuevo) y nos dejarán más solos que la una, abandonados a nosotros mismos.

Y sigue pendiente el asunto de las letras de la Internacional.

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