En París no estaba doña Alda

Por Bizco Pardal

22 de marzo. Pineda de Marx no tiene quien la pasee. Por cierto, en el Archivo municipal de esta ciudad figura un legajo de cartas cruzadas entre un empresario textil con fama de buena persona y el Barbudo de Tréveris. Por eso yo le he añadido una x al mar de Pineda. Me malicio que el Moro sigue de parranda tras leer unas declaraciones de Slavoj Žižek: el coronavirus es un golpe mortal al capitalismo. Un marxista putativo pone en entredicho al Padre Superior: el capitalismo cae de una manera que no tuvieron en cuenta Berstein, Trostky, Anselmo Lorenzo, Gramsci, ni mi amigo Jordi Ribó i Flos. Cae por la pandemia que ha provocado ese bichuchico. Son las cosas de Zizek.

Suerte que he leído algo más potente y apasionante: «Comisiones Obreras sería la más genuina construcción social del pueblo español durante el franquismo. El primer gran sujeto opuesto a la dictadura que no lleva el sello de la República y de los tiempos anteriores. Comisiones Obreras es una realidad tan nueva como el Seat 600». Lo escribe Enric Juliana en su reciente libro “Aquí no hem vingut a estudiar” que aparecerá en castellano el próximo mes de septiembre. En pocas ocasiones se habrá dicho nada más sobriamente certero. Y con tanta potencia como esa vinculación entre los primeros andares de Comisiones Obreras y el Seat 600. El relato de CC.OO. tiene una ventaja: las mitificaciones de las fuentes orales, cuando se dan voluntariamente o sin querer, están vigiladas por la historiografía que severamente les llama la atención. Comisiones Obreras no necesita de cantares de gesta: en París no estaba doña Alda, la esposa de don Roldán. Sino Ángel Rozas, exiliado, cabeza pública de la Delegación Exterior. Por eso me pone de los nervios que cuando hablo de estas cosas a algunos amigos de mi quinta les entra un ataque de alferecía. Algo así como nosotros estamos a favor de nuestro mito y en contra de los que cultivan, es un poner, los nacionalistas. Menos mal que tenemos historiadores como Javier Tébar que no escribe una línea sin haber contrastado la cosa por activa, pasiva y perifrástica. Rara avis.

Ayer hablaba con Robert Deglané acerca de Stefan Zweig. Recuerdo que con quince años compré su Fouché en la librería Padre Suárez, allá en Granada. A mi padre también le entusiasmó su lectura. Y me contó un asunto medio familiar. El padre de mi tío Rafael Ruiz Caballero, que había militado, durante la República, en el partido de Martínez Barrios, fue alcalde de Cónchar, un pueblo que está allá en Sierra Nevada. Lo curioso del asunto es que ejerció el cargo antes del golpe de Primo de Rivera, con la Dictablanda, con la República y durante los primeros años de Franco. Mi padre decidió llamarle el Fouché chico. Con el tiempo, Stefan Zweig fue pasando a un injusto olvido, tal vez porque no era bien visto por ninguno de los dos bloques en discordia. Recuerdo que en cierta ocasión hablé bien de Zweig y un celoso militante de aquel PSUC, con fama de tolerante y liberal, me miró con cara de ´pomes agres´.

Contra todo pronóstico veo menos televisión que nunca. Me aburren con tanto dato y tanta matraca informativa del coronavirus. Y especialmente me molesta el estilo de esos creadores de agobio: Farreras es el agitador por excelencia. Es la antítesis de la moderación gestual. Estas cadenas televisivas están en su salsa. El estilo de los programas estridentes se ha trasladado a las crónicas de esta pandemia.

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