Campus virtual

Por Ignacio de Mágina

Sábado 21 de marzo. Hace una semana el país se levantó alarmado por las noticias y se acostó en Estado de Alarma. Al levantarme, como siempre, he puesto la radio y me he dedicado a las tareas que cada sábado hago de manera rutinaria, excepto la compra. Hasta que no se terminen los víveres no pienso salir a la calle. No tengo mascarillas que protegen ni ganas de jugármela. Las cifras son hoy de cerca 20 mil contagiados y más de 1000 personas muertas por coronavirus, y se han curado casi 1.600. A las que se suma el asesinato por violencia machista de una mujer, y ya van más de 1000 víctimas por esta lacra social desde que se contabilizan las cifras, y otra mujer en esta grave por el ataque de su pareja. Lo que me hace pensar que la rapidez de unas cifras y otras nos dicen algo sobre la alarma que la sociedad asigna a unas y otras víctimas.

He decidido ordenar mentalmente el día, por decirlo de alguna manera, y darle el color de jornada de descanso. La idea es abandonar una sensación permanente de espera, de espera de noticias de la familia y los amigos, de espera de informaciones e imágenes, de espera de un final que se prevé lejano, de espera del final del día. Es curioso porque la rapidez del tiempo, por lo menos para mí, no ha cambiado respecto a la etapa anterior al confinamiento.

Durante la semana he estado haciendo teletrabajo, aunque si lo pienso bien es algo que ya hacía en buena medida antes, la diferencia es que ahora lo hago desde mi domicilio en lugar de hacerlo desde mi puesto de trabajo. Es cierto que el ritmo, necesariamente, es distinto. No dispongo de muchas de los materiales que utilizo de manera habitual, los calendarios en la actividad se han dilatado, las urgencias son urgencias de otro tono. Las reuniones apuntadas en la agenda del móvil han ido anulándose una detrás de otra. La atención de consultas en el Arxiu Històric de CCOO está, por supuesto, anulada. Las clases y las tutorías en la Universidad de Barcelona en la que desde hace unos años trabajo como profesor asociado también, y de esto quiero hablar. Las autoridades universitarias reconocieron hace días que la UB es un centro de enseñanza presencial y que no se está preparado para improvisar un sistema de docencia on-line. Los profesores disponemos de un Campus Virtual donde los alumnos pueden acceder a recursos y materiales para preparar las sesiones de clase y los trabajos para las pruebas de evaluación. Pero, en realidad, esta canal no ofrece la posibilidad de impartir clases. Hace dos días el decano de la Facultad propuso y pidió que el profesorado hiciera el esfuerzo de utilizar una plataforma cedida por otra institución para tratar de diseñar el tipo de docencia on-line que la universidad no ofrece. Vamos a ver qué resultado da esta solución. De entrada, después de que el domingo pasado diera indicaciones de lectura y pusiera en marcha un fórum sobre el impacto del Covid-19, durante toda la semana los movimientos en el Campus Virtual han sido mínimos por parte de los alumnos. Las autoridades académicas están empeñadas en mostrar que no son vacaciones, que las clases continúan, que nada se ha interrumpido o nada debe interrumpirse. Pero intuyo que el shock entre el alumnado, como entre el resto de la población, ha sido fuerte y todavía están resituando qué prioridad ocupa su aprendizaje dentro del nuevo aprendizaje del confinamiento decretado. Intuyo que tanto el teletrabajo como las clases on-line son posibles respuestas a la situación, pero que de manera paradójica en muchos casos también son formas de ficción, de hacer como si se hace para que se respeten los horarios de trabajo y los calendarios universitarios. Mi duda es si cumplen el objetivo que se plantean o más bien cumplen otros objetivos.

Mi madre va a cumplir 80 años, vive en su pequeño piso de Ciudad Satélite de Cornellà de Llobregat, el barrio de mi familia desde 1958, mucho antes de que yo naciera. Mi hermano vive en un bloque cercano y yo vivo a poco más de 20 kilómetros de distancia. Lo que más echo de menos dentro de esta situación que vivimos es pasear con ella cada sábado -y este es el segundo que no puedo ir a verla- y tomar unas tapas en La Blanca para comer juntos calamares a la andaluza, casi tan buenos como los del Cal Pepet de Pineda de Marx, y los torreznos que le encantan. Me queda escuchar su voz, la reiteración de sus pensamientos por teléfono. La presencia humana no ha encontrado sustituto. La ausencia todavía no ha encontrado antídoto.

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