Pestes

Por Robert Deglané

22 de marzo. Leo en La Vanguardia la entrevista con Rafael Argullol, filósofo, narrador y ensayista. Es entrevista larga y con muchos perfiles de los que sacar lecciones. Subrayo un dato erudito que cita el literato: el Decamerón sale de la pluma de Petrarca tras producirse la peste negra en Florencia del siglo XIV y el De rerum natura de Lucrecio habla entre otras cosas de la peste de Atenas. Una buena parte de la literatura clásica está relacionada con grandes epidemias o “catástrofes humanitarias”, que diríamos ahora. Es como si la literatura surgiera de la más profunda experiencia humana del desastre, del fin del mundo.

Parece que La peste, de Albert Camus –que José Luis citaba ayer en su carta– es un libro que se está vendiendo y leyendo de forma masiva en estos días. Me acuerdo también de que una peste por el río Magdalena, en las tierras del Caribe colombiano, envuelve la historia de El amor en los tiempos del cómera, de Gabriel García Márquez. Y tengo por algún lado de mi maltratada memoria que buena parte de la literatura picaresca española está salpicada de asuntos que tienen que ver con plagas, epidemias, enfermedades y muertes colectivas. Véase la serie televisiva dirigida por Alberto Rodríguez, basada en algún tema similar y que se titula precisamente La peste. La Sevilla del siglo XVI es el marco geográfico y social.

Como dice acertadamente Argullol, la peste, la enfermedad socializada, la epidemia ha formado parte de la humanidad. Y de ello nos habíamos olvidado, pretendíamos que ya era cosa de pobres, de africanos, de lo que antes llamábamos el tercer mundo. Sin embargo, esta pandemia vertiginosamente expandida por todo el mundo nos ha vuelto a situar ante nosotros mismos, como seres finitos y limitados.

No sé cómo saldremos de esta crisis. Salir, saldremos, pero no sabemos todavía con qué costos. Importante también será salir con la capacidad de memoria, de recuerdo, de almacenaje cultural y social bien pertrechada. El futuro deberá tener en cuenta lo que ha pasado en estos meses, no podrá olvidarlo porque de estas experiencias traumáticas aprende la humanidad. En algún lugar de estas ciudades acosadas por el virus hay un Camus, un Petrarca, un Lucrecio, un García Márquez que se sentará un día ante un ordenador y contará la crónica de esta muerte anunciada. Y algunos lo leerán y comprenderán muchas cosas.

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